Es de noche. Se abruman pensamientos en su cabeza. Tarde para ciertas cosas, tal vez temprano para otra.
''Los sueños, sueños son'' decían. Y yo solía creérmelo.
Hasta el día que una mano en mi barriga me hizo parar, aflojar y pensar. Una mano que paró mi vida esa noche. Se apagan luces se encienden corazones. Parar mi vida un segundo implica cambiarla para los restos.
La mejor noche de mi vida puede que piensen algunos. Y en efecto, de las mejores se podría considerar.
Sí, el sueño de una niña. Su amor platónico hecho realidad. Mi sueño. Ese de los doce cumplido a los dieciséis.
Sueños cumplidos que se pueden ver convertidos en sueños rotos en otra noche. Otra larga historia.
Y estas noches, volver al presente... La llegada del otoño. Nuestro candado perdido en París. Quizás su pelo rubio.
O sus ojos que ya no me ven.
Quizás sea que casi 50 días sean muchos ya...
Posiblemente es que cada paso que doy es como si lo diera conmigo. Sus palabras, sus opiniones. Sus gustos y dudas, es su alma lo que sale de mis labios cada vez que hablo.
Como si fuera él. Como si fuera una parte suya. Un parte de él que sigue aquí conmigo. Ha calado hondo en un cuerpo que ya no vive si no es por los recuerdos que le quedan.
Puede que sea tarde pero un pecho encogido aún habla de él. De quererle hasta que dos y dos sean cinco.
Confieso que soy culpable. Tanto de haberle perdido como de quererle como a nadie.
Yo culpable de amarle con cada parte de mi cuerpo. Él de haberme enseñado lo que es amar de verdad. El respeto en cada beso, la ternura de cada mirada y lo bonito de cada abrazo. Lo que significa el amor en realidad.
Puede que sea por eso. Puede que sea ese el motivo de que mis ojos no vean más allá de donde está.
¿Qué más buscar tras la perfección?
Porque una vez me dijo que detrás del uno, el dos. Y detrás del dos, el tres. Que si ha de ser, será.
Y yo siempre quise ''o lo mejor, o nada''. Y ambos sabemos qué es lo mejor.
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