Apenas habíamos dado cuatro pasos. Torpes e indecisos al principio. Cada vez más firmes y seguros.
Me acojonaba realmente lo que viniera después. Pero el miedo no es excusa.
Cada vez lo veía más claro y a la vez más oscuro. Podía volver a ser la niña que te quería ciega y locamente y luego podía reinar en mi la rebeldía y la ironía de mis dieciséis.
Empezaba a ser difícil soportarlo todo. Pesan tantas cosas a la espalda. Que si te marchas cuando más te necesito voy a caer. Y al caer... resignación, dolor y valentía. Al caer, abrir los ojos.
Que sea entonces.
Ahí hay algo. Algo que me dice qué es lo que quiero.
Algo que le da la vuelta al mundo, capaz de ponerlo del revés.
Algo que acapara mis pensamientos.
Y es lo único que me puede venir a esta cabecita loca.
Tu sonrisa.
Firme, estable, decidida. Pero sobretodo, radiante.
Es ella la que le pone los puntos sobre las íes a la situación.
Que caí y fallé. Pero errar es de humanos y rectificar de sabios.
Lo malo viene después. Surrealista la situación. Lo correcto, ni pensarlo. No cuando significa perder esa mirada. No cuando implica perder lo que de verdad importa en esta historia...
Ahora es cuando, tras cuatro pasos, sé que el quinto lo quiero contigo. El quinto y todos los que han de venir.
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